| ehiztari ( @ 2006-11-15 23:56:00 |
Soy normal, lo que implica que me gusta mucho House. Ambos, la serie y el doctor. El doctor porque es un miembro insigne de esa categoría que tan poco se prodiga en la ficción: tipo feo (es más bien feo, ¿no?) con un inmenso atractivo labrado a base de mala leche, inteligencia y proverbiales dotes dialécticas. La serie más o menos por lo mismo, ya que, aunque está dominada de arriba abajo por su carismático protagonista, hace también un planteamiento sobrio e interesante y trata a los espectadores como seres pensantes, algo no muy habitual.
House se merecería un detenido comentario, pero de momento lo he traído aquí porque me gustó mucho el capítulo de ayer (que ni siquiera sé cómo se titula, porque llegué ya empezado). Lamento repetir cosas que ya habéis visto, (o destripar spoilers si alguien tiene el episodio en la reserva) pero necesito referirme al argumento para comentarlo.
Iba de una pareja (de lesbianas, pero eso es anecdótico) que se enfrenta al trance de la enfermedad de uno de sus miembros. Mientras una, Hanna, se deteriora a pasos agigantados sin que los médicos acierten a diagnosticar su enfermedad, la otra (Max) la cuida con dedicación encomiable. Llega un momento en que Hanna morirá irremediablemente en un plazo de horas si no recibe un trasplante de hígado y House sabe que sólo puede conseguirlo mediante la donación voluntaria de una persona sana. (Max, por supuesto). Pero House ha descubierto también que Hanna iba a abandonar a Max y que sólo su enfermedad lo está posponiendo. House manipula hábilmente a la novia para que “decida” donar parte de su hígado a Hanna, pero Cameron, la idealista doctora del equipo de House, opina que deben decirle que su relación se encamina a la ruptura para que pueda tomar esa decisión en libertad y con conocimiento de causa. House lo prohíbe terminantemente (con tan nobles armas como la amenaza de despido a quien se vaya de la lengua). Con todo, Cameron se las arregla para dejar a la pareja a solas y presionar a Hanna para que le cuente la verdad a su novia. Sin embargo, la oportuna intervención de House lo impide. Hanna, cobarde, egoísta, poniendo en grave riesgo la vida de su novia, obtiene medio hígado y más tiempo para que los médicos descubran la causa y el tratamiento de su dolencia.
Finalmente House lo consigue: las dos salen con vida del quirófano y poco después descubre la enfermedad de Hanna. Es peste.
- “Pero no se preocupe. Tiene cura- explica.- La peste. Lo de ser una puta, no. Para eso no podemos hacer nada”
De donde parece demostrarse lo que se pretendía: en la contraposición de ideas entre House y Cameron, la posición del primero sale reforzada. El mundo es rastrero, los seres humanos nos movemos por instinto, el de supervivencia ante todo, y por el egoísta interés siguiéndole muy cerca.
Sí, eso parece demostrar el desenlace del episodio con Hanna callando su desamor para que su novia arriesgue la vida por ella.
Pero... entonces, Cameron parece desmentir esa visión negativa con su generosa decisión en una subtrama secundaria. (Otro miembro del equipo, Foreman, se había apropiado de sus notas para un trabajo de investigación y el enfrentamiento entre los dos había punteado todo el episodio.) Cameron se acerca a Foreman y le ofrece olvidar el asunto. En definitiva, llevan tiempo trabajando juntos y deben superar sus diferencias para que nada enturbie su relación. Una muy noble postura.
Pero... entonces Foreman, con inesperada frialdad, rechaza su mano tendida. “No te engañes –le dice- Somos compañeros de trabajo, pero no amigos. Dentro de algunos años nos felicitaremos por Navidad, pero nunca compartiremos nada más.” Todo ello mientras House (Dios) dormita y hasta ronca.
O sea, que todo es egoísmo, interés y propio provecho. No caben los gestos elevados, todos ellos tan ilusorios como el “amor” de Hanna por su heroica y abnegada salvadora.
Pero... la maldad aún va a da otra vuelta de tuerca, el genial final del capítulo, el detalle que, como en las series de Whedon, al mismo tiempo desmiente y corrobora todo lo anterior. Después de que Hanna se ha ganado el desprecio de House y la decepción de Cameron, la doctora tiene una última conversación con la dulce Max, la pobre y generosa muchacha que arriesgó hasta su vida por su pareja, ignorante de que ésta planeaba abandonarla. Sólo que... Max no era tan ignorante. Cameron averigua que un amigo común de la pareja tuvo el desliz de descubrírselo semanas atrás.
– “¿Sabías que iba a dejarte?”- pregunta una desconcertada Cameron.
– “Ahora no podrá hacerlo”- responde Max con su dulce y apacible sonrisa de triunfadora.
Fin.
Y yo me levanto a aplaudir. Esas son las cosas que me apasionan en una serie. Planteamientos maduros y nada edulcorados. Guiones inteligentes. Personajes “reales”. Diálogos que te ametrallan con su certeza e ingenio. Sorpresas. Son mis criterios para calificar a una “buena serie” de tal. Una muy buena serie, en realidad. Y, evidentemente, ya sabéis en cuál(es) otra(s) estoy pensando. Con una diferencia respecto a las series de Whedon (creo.) Si éstas son también bastante pesimistas y a menudo transmiten una visión nihilista de la existencia (más ATS que BTVS), el episodio de ayer de House muestra un universo que no deja ni un resquicio a la esperanza. La sonrisa se agria y la mala leche de House encuentra toda su justificación en la realidad. (Como en la conversación entre Cameron y Cuddy, en que la primera le comenta a la Directora del hospital sus desavenencias con Foreman y le pide su opinión. Cuddy, pragmática, le aconseja que trabaje hasta estar en posición de devolver la puñalada al médico negro. “¿Eso es lo que nos debe mover?- pregunta la ingenua Cameron- ¿la venganza?”. “No- responde Cuddy- Pero da un gusto...”)